La exposición de Pedro G. Romero en el Sofidú (hasta el 28 de marzo) es una auténtica locura. Toca todos los palos, y no únicamente del flamenco, una de sus especialidades.
Teniendo en principio el edificio una distribución muy sencilla (el antiguo hospital distribuía sus salas alrededor de un enorme patio cuadrado), dirías que debería ser pan comido seguir de forma ordenada la exposición, pero es tanta la cosa presentada (con dibujos, fotografías, libros, panfletos, monitores, proyecciones, objetos de diverso orden,…)tantos los ambientes y formas en que está todo expuesto (con giros inusitados, llegas a subir y bajar por unas escaleras con aire de protoindustriales) que me hice un buen lío. Pensando sólo echar un vistazo, me di cuenta que tenía difícil despacharla como quien no quiere la cosa.
Luego quise recorrer un poco la nueva ordenación de la colección permanente, en la que teóricamente ya todo debían ser “fabes contades”, que se dice por aquí, pero acabe desistiendo, mareado como una sopa.
Pensar que el pasado mes de noviembre estuve en un sitio de Barcelona pillando unas cervezas, calamares y tortillas de patatas bien buenos con Pedro G. como vecino de mesa a mi derecha y que, atento al anfitrión, apenas si intercambié con él un par de frases… Lo creía únicamente un flamencólogo reprobado por los puristas, mientras que ese es sólo uno mínimo de sus intereses y saberes…
No veas la música de percusión que consigue el del monitor con esa tranca.
Ha vivido (y sigue viviendo) largas temporadas en Barcelona. Por eso tanta publicación libertaria de por aquí.
Por la que se va infiltrando paulatinamente el cante…
Esta colección haría las delicias de Carlos García-Alix.
De repente, en una sala, éste Rauschenberg castizo.
Esos fluorescentes de su época más conceptual han aparecido fotografiados por todos lados.




















































