De creernos lo que dice Lu nada más empezar, la pieza iba a llamarse “Pastelería París”, pero de ella sólo han quedado estos pasteles de la entrada.
Riereta13 viene a ser, he visto, como el The Kitchen del Raval. Allí, anoche “Todo mucho poco nada”. Una caja cuadrada desnuda, con paredes pintadas de verde oscuro ante unas pocas filas de sillas colocadas para los espectadores. Dentro, hasta cuatro, casi cinco actores, que también hacen todas las labores adicionales. Todo queda en familia, porque esos son los lazos que los unen, aunque un espectacular inicio del espectáculo a lo Psicosis los cuestionaba por completo.
Cruzada continuamente por las referencias cinematográficas y con tendencia a banda sonora fundamentalmente italiana, sin descartar algún apunte francés que certifica, en momento cumbre, Boris Vian, la representación es un continuo de números muy visuales, ritmados y tremendamente divertidos, ideados por el patrón, Ramón Colomina, que en esta ocasión comparte y reparte tiempo y protagonismo con sus tres acompañantes.
Pero lo divertido de la función no debe engañar: se tocan todos los grandes temas, incidiendo sobre todo en el tiempo veloz de nuestra existencia, el amor, la felicidad, los placeres, y vuelta a la vida y la muerte. Ese gradiente descendiente que marca el título, quizás continuado por uno inverso, creciente, para volver de nuevo al descendiente, también podríamos señalarlo como tema principal de la obra, siempre navegando entre opuestos, que de tanto en tanto dan juego a imágenes del todo surrealistas.
Hay unas cuantas (muy pocas) coreografías calladas o con musiquilla a cuatro, marca de la casa, pero sobre todo son las actuaciones a dúo o incluso solitarias las que predominan. Y, entre éstas, aún reconociendo que Paloma borda sus explosiones rozando lo monstruoso y que su hijo facilita bien la continuidad de la idea, yo destacaría la performance continua extraordinaria de Lu Colomina, en ocasiones etérea, siempre convincente, con sus ojos de búho extremados que le van que ni pintado para uno de los mejores números. Ramón Colomina, por su parte, se reserva sobre todo para ofrecer unas cuantas imágenes de esas (cinematográficas y pictóricas) que ha ido perfeccionando ante el espejo hasta lograr efectos extraordinarios.
Un continuo animalario, con figuras que no desentonarían en el baile de disfraces de “Judex”, la plasmación de un famoso cuadro nórdico expresionista, momentos que adquieren tintes de historia de ciencia ficción,… Podría seguir encontrando aciertos. Me ha gustado tanto que he debido corregir al alza lo que tenía previsto para la taquilla inversa. Parece que aún tienen planificadas un par de sesiones adicionales: yo procuraría no perdérmelas.
Como se puede ver por los famosos asistentes cuya silueta he fotografiado en la fila cero, la buena nueva ha corrido y seguro que seguirá extendiéndose. No me he atrevido a fotografiarlos hasta el final, en que ha empezado la tanda de saludos.

La fila cero.
Y se acabó.
Al final también salió a saludar, convenientemente cubierta, Sílvia Genovés, quien luego salió corriendo a la calle Riereta, donde, sacando y fumando ávidamente un cigarrillo, señaló lo bien que estaba eso de que finalmente se acabase.