Para hacer ver cuánto tiempo ha transcurrido desde que no había vuelto a la plaça d’Osca (es decir, de Huesca), diré que la última vez aun pasé por ella en coche. Era un entorno tranquilo en medio del barrio de Sants.
En una plancha elevada de un ángulo de la librería suele haber una casa de muñecas, pero ayer la habían bajado y formaba parte del atrezzo que arropaba a Júlia Bel leyendo un cuento de Katherine Mansfield.
No era un elemento de atrezzo cualquiera. De hecho, confesó que, si estaba allí a punto de leer la pieza, era precisamente a causa de esa casa de muñecas, que le había conducido a leer, traducir y preparar el cuento “The doll’s house” de la escritora neozelandesa.
Se llamaba lectura, pero era, desde luego, algo más que una lectura con voz bien entonada. Júlia Bel acompañó su lectura de toda una puesta en escena, en la que esa casa de muñecas era sólo un elemento más, si bien primordial.
Por de pronto, no sé si se trató de puesta en escena o simplemente de, cómo dijo, hacerse perdonar el retraso con el que empezó el acto respecto al horario anunciado, pero lo que sí que sé es que, en cualquier caso, entonó a todo el público congregado la invitación que hizo, repartiendo copa a copa ella misma, a una botella de chardonnay blanco cosechado en Nueva Zelanda.
A partir de ahí, todo fue sobre ruedas: atentos y con una pequeña chispa compartida todos y cada uno, dio una serie de informaciones biográficas sobre Katherine Mansfield, al tiempo que iba mostrando y luego tendiendo, como si de ropa lavada se tratase, antiguas fotografías que iban ilustrando lo que decía.
Con el set y los espectadores ya totalmente preparados, inició una lectura del cuento que, gracias al poder de convicción empleado, todos vimos como representación teatral. Katherine Mansfield lo había escrito en Inglaterra, evocando situaciones vividas en su añorada niñez neozelandesa. Lo más notable es que se trata de eso, de una narración efectuada con el punto de vista situado en una niña (una Kathy que Júlia nos confirmó luego que era desde luego el alter ego de la escritora, si no ella misma de niña), pero que arrastra con ella una notable comunicación sobre ambientes de la época y, sobre todo, las relaciones entre diferentes clases sociales.
Cuando ya faltaba poco para finalizar el cuento, todos intrigados sobre lo que iba a desarrollarse entonces, sobrevino un pequeño incidente, quizás puesto ahí por el azar para que nos diéramos cuenta de que realmente estábamos ante una lectura y no otra cosa:
Júlia Bel acababa de leer algo así como “se hizo una pausa”, pasó a buscar la siguiente hoja, luego la otra, luego otra más… y efectivamente la pausa quedó bien marcada, porque no sé cómo había traspapelado el papel correspondiente, y tuvo que sacar de una carpeta un borrador previo… para a continuación seguir hasta el buen final del cuento.
¿Habrá sido eso también un recurso más de puesta en escena, para atrapar la atención de los que escuchaban el cuento?
Como regalo, nos obsequió con un poema de la escritora, “Este es mi mundo”, que podría pasar por cuidadas notas de su diario, y luego todos pasamos a descubrir qué diminutos muebles y otros objetos escondía la casa de muñecas. Estaba hasta el que, en el cuento, alcanza un notorio protagonismo.

