Fui al Archivo Fotográfico de Barcelona (donde se anuncia hasta el 24 de mayo) con la errónea idea de que no conocía de nada a César Malet y que éste era un fotógrafo “de calle” como los que ahí de tanto en tanto rescatan del olvido. Por ese motivo, iniciando el recorrido de la exposición -comisariada por Laura Terré- por su fotografía publicitaria y vanguardista/experimental (que fue cuando empecé a notar que sí sabía de sus fotos), pese a tener similitudes con la de otro fotógrafo que me gusta mucho como es Leopoldo Pomés, quedé algo decepcionado: no era lo que había ido a ver.
Pero bastó con pasar a continuación hacia ciertas de sus composiciones y, sobre todo, luego entrar en su Barcelona de los sesenta, para que la rendición ante la exposición fuera completa.
Resumen: que, como casi siempre tratándose del AFB, muy recomendable.
La “composición de fotos” (y de posiciones y miradas) que empezó a hacerme disfrutar de la exposición.
Marinos italianos en Barcelona.
Golfos y niños bien.
¿A alguien le costaba recordar Can Quimet, en la Rambla del Prat? No era un sitio que me entusiasmara, tan atiborrado (no sólo de guitarras) y necesitado de un buen zafarrancho de limpieza. Debían pensar que lo polvoriento daba carácter.
Fotos y publicaciones en ediciones como las de Pomés. Ahí caí en que sí sabía de lo de Malet. Y luego, al asociar su nombre al Fotogramas.
Jamboree.
Un jovencito Ricard Bofill en el Jamboree.
Los camareros del Jamboree inicial. Xavier Theros decía el otro día (por cierto: aún no lo he explicado) que cuando empezó era una cueva inmunda, que daba miedo, razón por la que su inauguración se hizo en el vecino Tobogán.
Los dos retratos aparecieron, junto a muchos más que marcan toda una época, en el libro “Infame turba”.
Ana María Matute con su marido. “El malo”, creo.
Teresa Gimpera.
















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