El título local de la exposición y la imaginería que la acompaña (no la de este programa que pongo, que no suele aparecer) pueden arrastrar a mucha gente a la Fundació Miró de Montjuic, pero provocarles una gran decepción.
Debe ante todo quedar claro que no se trata de una exposición sobre Pollock. Hay suyos -sí- tres cuadros, pero el realmente bueno -el del Beaubourg- parece una miniatura de sus espléndidos cuadros más famosos.
La exposición parte de otra -con otro título...- elaborada por el director del Moderna Museet de Estocolmo, y se propone hacer un (pequeño: no cubre todo el espacio expositivo habitual) esbozo de esa línea del alejamiento de la pintura stricto-sensu, a base de utilización del pincel por un artista, cuyo arranque puede colocarse en el "dripping" de Pollock.
Así, todo lo expuesto después puede definirse como las tristes huellas, recuerdos de cosas que fueron vivas en su momento: Un parque de neumáticos usados que por razones de seguridad no puede profanarse como originalmente requería (Allan Kaprow), filmaciones sobre performances con el cuerpo de mujeres (Yves Klein) o del propio cabello (Janine Antoni) como "pincel", una máquina expendedora -sin ponerla en marcha- de cuadros automáticos (Tinguely), el papel resultado de la acción de unos bailarines sobre globos llenos de pintura (Rauchenberg y Niki de Saint Phalle), o el desastre resultante del paso del artista por el túnel de posibles lienzos en una pretérita performance (Saburo Murakami).
Museizar es aquí fosilizar...

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