Català-Roca siempre decía que el mundo era en color y que por tanto las fotografías debían ser, naturalmente, en color. Pero todo el mundo recuerda sus extraordinarias fotos en blanco y negro, mientras que no son casi conocidas las que hizo en color durante las últimas décadas de su vida.
La foto de la portada, Capucine en Roma en 1951, Podría hacer pensar que el libro refleja un mundo en color, típico de los colores de los anuncios de la Coca-Cola y revistas de moda de la época, que ciertamente cubren un par de capítulos. Pero el grueso va por otro lado. Las fotografías del libro que más me han interesado, superada la sorpresa de esta deriva por los colores vivos que en el cine dio lugar a la eclosión del Technicolor, tienen tonos bastante monócromos. Tienden al verde amarronado de los uniformes de los soldados en la inmediata postguerra –y eso se contagia a fotografías de algún personaje famoso- y acaban, como la irrupción del cine moderno, con unos paisajes casi irreales, que se transmiten sensorialmente (diría que no sólo por la vista), campo a través por Indochina (sus últimos cartuchos).

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