miércoles, 1 de octubre de 2014

Ryszard Kapuściński. El ocaso del imperio


Este lunes, Xavier Antich publicaba en La Vanguardia, y colgaba por aquí, un magnífico artículo de esos suyos en que comenta unas imágenes fotográficas. Eran de “”, una exposición correspondiente a las fotos que el periodista polaco hizo durante sus viajes en 1989 a la URSS para escribir “El Imperio” que está planificado que permanezca en La Virreina hasta el 23 de noviembre. He ido esta mañana.
En una segunda sala hay fotos de cementerios, de sitios perdidos, de puestos de venta que denotan un cierto aire enrarecido. Pero en la primera sala, en la que se centraba X. Antich, se presentan fotografías de S. Petersburgo y, sobre todo, de Moscú, en las que las manifestaciones contra el poder son, directa o indirectamente, protagonistas. Estas últimas fotos le servían a él, en realidad, para hacer una analogía con la compleja situación actual, a la que está dedicando casi todas sus últimas entradas. “Ni un imperio” –decía- “puede parar un volcán cuando ha empezado a hervir (…). Ni en 1989 ni en 2014”. Y hacía hincapié en la alegría de unos manifestantes, en la mirada sorprendida de unos soldados que ven temblar todo un edificio o en “una docena de moscovitas (que) avanzan, también, pero ellos cabizbajos, como si soportaran todavía por costumbre una inmensa losa que, con poca energía, aunque con decisión, han decidido quitarse de encima.”
Esta mañana he visto y entendido lo que decía sobre esas manifestaciones y esos soldados. No veo –escéptico que es uno- esa secreta convicción interior que él aprecia en esos otros moscovitas cabizbajos, que trasmiten muy bien la profunda tristeza que se apreciaba en los antiguos países comunistas en los años 80, cuando ya era muy difícil captar sonrisas por la calle, y me gustaría descubrir si no se trata, simplemente, de unos desolados personajes disponiéndose a entrar por una boca de metro. Pero, sobre todo, me he quedado también con la foto que coloco aquí, y otro par de fotos que cuelgo en los comentarios, llenas todas ellas de popes religiosos, de nostálgicos militares y de otros zaristas que también participaban en las protestas, todos ellos gentes que me hacen hasta cuestionar el conjunto de la propia revolución emprendida, y que denotan que el volcán –ciertamente imparable- arrastra consigo todo tipo de cosas, no siempre defendibles.

 

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