jueves, 29 de enero de 2015

Al Weiwei en La Virreina

Esta semana es la última en que está programada la exposición Al Weiwei en La Virreina de Barcelona. No sé (me temo lo peor) qué habría pasado si la hubiera visto por mi cuenta y riesgo (seguramente habría pasado muy rápido de una sala a otra, sin leer la documentación aportada, y habría reforzado mi impresión previa sobre el papanatismo de ciertos comportamientos en el arte contemporáneo), pero el verla, hace un par de semanas, bajo la tutela de su comisaria, Rosa Pera, ha hecho que, aunque el tipo me siga cayendo gordo, con su afán de exhibicionismo, su actuación como poderosa empresa multitudinaria y tal, llegase a entender que ciertas de sus cosas tienen, desde luego, valor y mérito.

Pieza en la vitrina central de una de las primeras salas: La irónica "Maleta para soltero".

Una de sus hermosas fotos iniciales.

Al Weiwei como Andy Warhol.

La influencia de Robert Frank en sus fotografías americanas.

Una tontería muy típica de Weiwei, que puede pasar como más chorra de lo que es si no se capta el delicado juego de palabras que cmporta. Se ve que, según cómo se pronuncie la palabra "hierba" en chino, puede sonar a "¡ jódete !" El papel de las paredes, que incorpora la omnipresente "peineta" del artista, redondea la impresión...

Ai Weiwei de regreso a China.

Una pieza de intención evidente.

Poca broma para toda esta serie efectuada alrededor de las consturcciones chinas coincidentes con el desarrollo que culminaría con las olimpiadas de Pekín. Denuncia una y otra vez cómo las nuevas construcciones aplastan toda la vida anterior.

No sólo eso. Aquí documenta cómo, para hacer la zona deportiva olímica, se cargaron sin ningún miramiento unos yacimientos milenarios que encontraron.

El estadio olímpico, en el diseño del cual intervino, fue conocido por "el nido" por su aspecto exterior, pero se ve que su intención era otra: mostrar, a la forma de un Rogers, las tripas que sostienen toda edificación.

Este hombre es conocido mundialmente, sobre todo, por este acto algo infantil de hacer la peineta a todo signo exterior de poder. Bueno. Lo que pasa (y no lo digo del todo por el pabellón de Mies, que puede pasar por expresión del poder de ciertos iconos contemporáneos) es que se ríe de absolutamente todo. Quizás lo compense, aunque no sea muy visible, con eso de que también se burla de sí mismo. Pero vaya. ¿Por qué la fama de esta, en el fondo, tonta serie?

Éste es el ejemplo de cómo Weiwei puede ser rescatado de ese mundo exhibicionista en que se mueve, y ser considerado un artista de mérito, políticamente activo. En una región china un terremoto acaba con todo un barrio, tragándose una escuela y a todos sus niños dentro. El gobierno rodea la zona, y no deja entrar a nadie, en una clara obstaculización para disminuir el impacto de la noticia. Al Weiwei va después con todo su equipo, detecta que se han caído los edificios de la escuela y otros, pero no edificios anteriores, concluyendo que ha habido un notoio robo en los materiales empleados, y empieza a documentarlo todo: filma, hace fotos, recoge un material que luego será la base de muchas sus exposiciones: las mochilas de los niños muertos, los propios materiales retorcidos por la hecatombre,...

Cada uno de estos cuadros corresponde a alguno de los centenares de niños muertos en la tragedia, de los que se quería ocultar hasta su enorme número.

En esta sala convertida en una especie de santuario, un video muestra las conversaciones con los padres de los niños muertos. Por las paredes se extienden los calificativos que estas madres dedican a cada uno de sus hijos desaparecidos.

Tras otra serie de salas más rimbombantes, más en plan espectáculo algo esotérico si no te lo explican bien explicado, esta última sala. Rosa Pera explica cómo concibió ese libro en la mesa que da nombre a la exposición.
 

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