viernes, 20 de noviembre de 2015

Jordi Corominas

Jordi Corominas cogido in fraganti yendo al lavabo de la librería, antes del espectáculo.

De Jordi Corominas conocía su faceta más ortodoxa. En el documental "Pasolini a Barcelona" explicaba en el ambiente de una biblioteca de barrio las relaciones previas del poeta con la poesía catalana. Hace poco, activista cultural con programa en Radio 4, llevaba allí en el mismo día de su pre estreno en la Filmoteca al realizador del documental, Hilari M. Pellicé, para ver qué había detrás del mismo.
Ayer, en la librería de la calle Santaló, Casa Usher, tuve la oportunidad de presenciar cómo se transforma en una de sus performances poéticas. Este fin de semana está llegando el cambio de tiempo anunciado, pero aún pudo aprovechar el patio de la librería. Proyectando sobre la pared de ladrillos del mismo unas imágenes que ha debido estar siglos escogiendo, dio paso a un espectáculo en cuatro partes, en el que él se vestía de formas diferentes (una especie de capa le ofrecía un aire clásico para la primera parte, pero luego, como un Frégoli cualquiera, va apareciendo vestido de ciclista, turista o varias cosas más, hasta acabar como uno de los muertos de la Semana Santa de Verges), paseaba entre el público, se enredaba la capa accidentalmente con las espinas de los rosales del patio, se tiraba por el suelo, se levantaba... y leía trozos de su "Laocoonte", su libro y espectáculo de este año.
No es que haya entendido la idea general, por ejemplo, de esa primera parte más de un mundo clásico, pues se trata de una poesía de la que, al menos a mí, te queda únicamente una frase brillante, palabras con poso, en medio de un mar lleno de ellas, pero dejándote sin capacidad para absorberlas y digerirlas. Pero esos apuntes sonoros de Velvet Underground, Miles Davis o Pascal Comelade mientras van desfilando imágenes fijas o animadas de Roma y de sus obras te hace valorar el espectáculo, siempre -sobre todo en ese capítulo- entre la "poca soltada" y lo sublime. Luego van cambiando las tornas, y gira hacia otras formas, con secuencias de viejos films fantásticos, lo grotesco -con incidencia política de lo que ayer, precisamente, celebrábamos 40 años- y finalmente la danza de la muerte.
Tot plegat, que dicen los catalanes, es lo que convierte a Jordi Corominas en un a veces excesivo "One Man Show", acercándolo a los dadaístas y surrealistas, en una actuación que me recordó a las que proliferaban durante la transición. Todo, pese a la espantá de las tres señoras a mitad del espectáculo (que el valoró al final como uno de sus componentes inevitables) es parte de la fórmula que ha ideado, como también explicó, para evitar que su poesía se quede entre amigotes y familia.

En la primera parte del espectáculo, ya en el patio de "Casa Usher"
 

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