La vez anterior –creo que en Torroella- el espectáculo también empezó con el escenario a oscuras y la voz de José Agustín Goytisolo diciendo su “En tiempos de ignominia”, y es que lo que ha avanzado desde entonces la hora del mundo no es que haya mejorado, precisamente, la situación.
Francia, al inicio y final, ha sido la protagonista de su bocadillo-recital, con su habitual repertorio como relleno. Al “Nocturno” de Alberti, muy apropiado, ha seguido nada menos que “Le temps des cerises”, cantado en francés, como ha cantado también en el cierre oficial “Les copains d’abord”, coronando a Brassens como el máximo trovador francés.
Iba a decir que aunque se equivocara de canciones y estrofas estaba aún mejor que Sisa, que no sale a cantar si no es con la letra visible y leíble a su alcance, cuando, para atreverse con el “Lo que puede el dinero” del Arcipreste de Hita, acompañado de la guitarra de Mario Más (lo que ha dado pie a una única, escueta, mención del “prosés”: “¡En menudo lío nos ha metido!”), se ha acercado el atril y calado gafas. En la última ocasión en que acudimos a oírlo al Palau de la Música alguien del gallinero le gritó: “¡Más alto!” él le respondió con sinceridad: ”¡Qué más quisiera yo!” Pero es que, si la Wikipedia no anda errada, Paco Ibáñez tiene ya más de 80 años. Con esta perspectiva no ha estado nada mal su recital, por mucho que en ocasiones se oyera más su pesada respiración que otra cosa, hablase entre canciones lejos del micrófono, o que denunciase en un par de ocasiones que esas luces que veía por la sala le distraían.
Por lo demás, me habría gustado que su preciosa versión del “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, de Cesare Pavese, con acompañamiento al acordeón de Joxan Goikoetxea, no hubiese sido interpretada en vasco, para poder entenderla. Ya en castellano, ha cantado muy bien su poema de Alejandra Pizarnik, o el “Todo en ti fue naufragio” de Neruda. Y ha dado juego a una serie de piezas en las que el peso se ha desplazado de la letra a la música, como con los arreglos de “El aire de los chopos”, con un Gorka Benítez trabajando el saxo en seco como si se tratara de Ben Webster.
En los bises, con los cuatro músicos acompañantes, ha vuelto a sonar la cosa perfecto, y me ha parecido que Paco Ibáñez volvía a sus inicios, con aquellas canciones de gran ritmo con Carmela. Lamentablemente, no ha acabado así. Parecía que lo había podido sortear, como pasó en los dos últimos recitales que le habíamos oído, pero no ha sido finalmente así en éste. El público se ha puesto pesado y entonces les ha ofrecido el solicitado “A Galopar”, que es, me parece, su única canción que detesto. Pero el respetable ha podido hacer palmas con ella, sentirse triunfador de no se sabe qué batallas e irse en paz, dejándole descansar hasta la próxima.
Paco Ibáñez despidiéndose de su recital en el Palau.


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