Por aquí he explicado en alguna ocasión un efecto extraño que me producen unos cuantos cuadros de Jackson Pollock. Voy distraído mirando aquí y allá por algún museo y, de repente, diviso uno en el horizonte. Me entra en ese momento una gran excitación, y hasta me emociono un poco. Al acercarme siento, digo yo, algo así como un efecto de sincronía. Me lo imagino, y hasta lo siento, lanzando pinceladas y chorros de pintura con energía.
Estos dos, que son demasiado pequeños para causar al máximo esas sensaciones, los vi hace un año en el Museo de Bellas Artes de Boston y en el de Harvard.


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