Vermeer podía, según indica este cuadro, haber tomado otro camino. Se ve que era hijo de un tabernero. La taberna debía ser más o menos oscura. Nada de ventanas laterales por las que entrase la luz, permitiendo la lectura, la contemplación de mapas u otras varias actividades. En todo caso tendría un foco directo, como aquí, dirigido a la de la chaqueta amarilla, que parece aceptar de buen grado alguna moneda del tío que tiene a sus espaldas, todo ello a satisfacción de la alcahueta.
Me han explicado que hay quien dice que el chico de la izquierda que, sonriente, alza su copa, sería el mismo Vermeer. A ver qué podemos hacer de este chico. Con un pequeño esfuerzo, podría convertirse en el mejor pintor de Delft. Si deja atrás esa vida que lleva.

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