No le haría yo ascos a esta pequeña joya y me gustaría encontrarle un espacio por casa, para atesorarla. Lo lógico sería tenerla en un rincón así, abierta, pero también me la imagino cerrada, para ir hacia ella y abrirla sólo en determinados momentos. Un flujo de empatía, estoy seguro, se establecería entonces entre el tríptico de Van Eyck y yo. Buena parte del bienestar que creo me llegaría a suministrar entiendo que vendría por los espacios mostrados y la disposición de los personajes en ellos y es curioso, porque no me suelen impresionar sitios lujosos y bastante atiborrados como el representado. La sensación debería llegar seguramente, pues, por la presencia nada ampulosa de los personajes en esas estancias, por esas figuras modestamente cabizbajas, sin evidenciar ostentación alguna.
Una vez recuperada la serenidad de ánimo, que de vez en cuando conviene, entornaría los paneles laterales hasta ocultar el central; de disponer de ella le daría una vuelta de llave para cerrar el conjunto y despacio, también cabizbajo, volvería a mis dispersas ocupaciones, no curado, pero al menos capaz de resistir otro ratillo.
La obra, de pequeño tamaño, se encuentra en la Galería de los Viejos Maestros del Zwinger de Dresde, de la que debe ser la más representativa. Le llaman el "Tríptico de Dresde".

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