Ayer Ferran Barenblit, director del MACBA y comisario de la exposición sobre Jaume Plensa, tenía que guiar una visita por la misma. Como era a un grupo excesivamente numeroso, se contentó con dar una explicación introductoria en el atrio del museo (primera foto) y, con las indicaciones recibidas, nos invitó a que campáramos a nuestro aire por la exposición, lo cual también puede estar bien. Acabado su speech, de hecho, corrimos a adelantarnos al grupo para encontrar un mínimo de tranquilidad viendo las obras.
Entre las explicaciones previas, que desde los años 90, en que hubo una exposición en la Miró, no se había dedicado por aquí ninguna otra al escultor. Que la obra de Plensa la veía él llena de preguntas, binomios, con una notoria herencia ilustrada. Que utilizaba todo tipo de materiales en sus esculturas, pero que además hacía fotos y jugaba con el sonido de la vibración de los materiales. Que para la contemplación de sus esculturas, la posición y actitud del espectador es siempre clave.
Con este bagaje, a continuación la exposición me pareció muy bien planteada, sacando mucho partido a sus cosas. Hasta ahí todo perfecto.
Lo que me afeó la tarde fue el quedarme a ver (al unísono, aprovechando la existencia de subtítulos) un par de vídeos situados a la salida de la exposición, que recogen a Plensa hablando de sus obras. No hablando de cualquier forma: En uno de los monitores sí se recogían convencionalmente declaraciones suyas vertidas en su estudio, acompañadas de las de técnicos, comisarios artísticos o comunes mortales sobre su obra, pero era en un vídeo que parecía hecho por una empresa de esas que se ganan la vida vendiendo energía o seguros: “Brillant Ideas”, iba apareciendo de tanto en tanto en una pantalla con logos de colorainas. En otro monitor él estaba de pie, moviéndose por un escenario y dando una charla con el aspecto de esas espectáculo a las que parece que son aficionados los americanos que en ocasiones se ven por televisión o circulan por redes sociales. En breve: que será por esos dispositivos, será por sus declaraciones que veías exactamente repetidas en ambos monitores, el caso es que, con lo bien que había salido de la exposición, pues que se me atragantó un poco la cosa.
¿Qué pasó? Pues que no digerí demasiado bien esas declaraciones, que se me hicieron un tanto pomposas y excesivamente estudiadas con la finalidad de causar unas determinadas sensaciones. Vi que siempre sacaba a relucir una historia íntima, supuesta generadora original de lo que le llevó hasta la obra, para dar calor a lo que explica, que no deja de ser muy convencional. Me ha parecido el suyo un discurso que busca demasiado evidentemente conectar con una sensibilidad universal, de quienes no quieren que les vengan con monsergas o con complejidades: elogia entonces siempre la luz, el agua, la vida, cosas así.
La señora que tenía al lado, embutida en unos cascos que debían haberle trasmitido uno de esos conceptos, en un momento dado no pudo contenerse y se susurró a sí misma tan alto un “¡qué bonito!” que giré rápido la cabeza para mirarla: Estaba casi llorando.
La cortina con la declaración de los derechos humanos. Atravesada ésta, a la derecha, las fotografías de cocinas de Dallas y Atlanta, una propuesta conceptual que sorprende un poco en este entorno, no acabándose de entender mucho.
Frente a este gong, otro marcado, claro, con la palabra “materia”.







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