No me atrae, en general, la línea expositiva del Palau Robert, y por eso acudo a muy pocas de sus propuestas. Ese es el ejemplo, por cierto, que suelo poner para hacer notar el peligro de desaparición en la ciudad de un contrapoder político. Me imagino todas las exposiciones de centros oficiales de ese mismo color y me deprimo.
Así las cosas, observo que son las pequeñas exposiciones de las Cocheras, en vez de las grandes de los dos pisos del edificio central o las esporádicas del jardín, las que suelen llamarme más la atención. Suelen centrarse en temas de memoria histórica, rodeando a un personaje o al mundo cultural y rozar aspectos qué raro será no te ayuden a hacerte una idea más completa sobre ese personaje o mundo.
Ese es el caso de la más que escueta, bastante pobre, exposición actual sobre el Winnipeg, el famoso barco que llevó, bajo la organización de Neruda, a más de 2000 refugiados republicanos españoles a Chile. Como no podía ser de otra manera, de su historia se desprenden una serie de claroscuros. En la exposición un monitor vomita los nombres de todos los pasajeros, mientras que los paneles finales se encargan de hacer notar el peso que el contingente de refugiados tuvieron para la economía y cultura chilena de la época: todos los que viajaron en el barco fueron escrupulosamente escogidos.


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