Éste señor del magnífico grabado, José de Ribera, me llama cada vez más la atención cuando descubro algún cuadro suyo por algún museo. No fue siempre así. Recuerdo que me decía que Ribera daba el tono a las colecciones de pintura de museos como los de Bellas Artes de Valencia, o de Sevilla, y eso era entonces para mí no un elogio, sino toda una desesperación.
Luego, quizás porque hay obra suya por muchos sitios (claro está en El Prado, en Nápoles, hasta en nuestro MNAC), fui dándome de narices con sus santos, con esos viejos de torso desnudo, colgados de sus brazos, cosas de éstas. También en esos fondos oscurecidos, si no negros, que hacen resaltar sus cuerpos, luminosos.
Éstos, capitaneados por una "Santa Inés" (Agnes), los pesqué en la Gemaldegalerie de Dresde. Ya no les hice feo alguno.




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