Palazuelo. Él mismo lo asocia con lo musical, diciendo que se trata de un cantoral.
¿Arte sonoro? Así, entre interrogantes, se preguntan en la exposición de la Fundació Miró (hasta el 22 de febrero), para la que ayer condujo (muy bien) una visita guiada Arnau Horta, su comisario.
No hay partituras de música, hechas por músicos como Mestres Quadreny, que pueden pasar por obras de arte plásticas, pero sí obras de artistas que convierten otras cosas en algo parecido a partituras que, incluso, se intentarán interpretar en la Miró.
¿Qué sonido tiene el silencio? Se preguntan varios artistas, buscándolo. Parece que las respuestas anulan, por improcedente, la pregunta. No existe el silencio, como, según Horta, no existe el arte sonoro.
En los pies de foto, una serie de comentarios sobre lo captado durante la visita.
Al fondo de la gran sala del primer piso, el “Silence” de Miró, traído del Pompidou para la ocasión.
Beuys también investigó sobre el silencio. Embadurnó estas latas de la película “El Silencio” de Bergman con un óxido de Zinc que la hacía improyectable, con lo que produjo un doble silencio.
Una chica sigue las instrucciones impartidas por Laurie Anderson, coloca los codos en la mesa, se hace con las manos unos altavoces y entonces oye las vibraciones de su sistema nervioso.
Una “fuga” de Mikalojus Konstantinos Ciurlonis, de por 1901. A su lado había un “Nocturno” de Whittier que también nos lleva al espectro musical.
A la derecha un cuadro de Sonia Delaunay, todo ritmo de formas y colores.
Un pequeño cuadro de Miró de la propia Fundació: Música del crepúsculo V.
Hice otra foto para captar más de cerca esta “partitura” de puntos y colores y me salió borrosa.
Kos establece todo un dispositivo a base de micrófonos y amplificadores para captar el sonido de un bloque de hielo derritiéndose.
Parece que ésta fue la primera escultura de Baldesari. Metiendo la cabeza en el extremo de esa trompa el visitante puede oír una fuga de Beethoven, que éste hizo estando ya completamente sordo, bien necesitado, pues, de algo más que está trompetilla para la oreja.
Arnau Horta señala orgulloso el dispositivo que le han dejado instalar en esta sala de la permanente de la Fundació, con ese tríptico final de Miró. Ese puntito negro de un extremo del cuadro central emite una obra de Rolf Julius que puede acompañar muy bien la meditación a la que llevan estas obras tan despojadas, hasta la extrema sencillez, de Miró. Luego ya sólo quedó acudir al patio interior y escuchar la instalación colgada del viejo olivo.











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