Soy de los que supo de William Klein no por sus fotografías, sino por sus películas. Conservo la hoja de sala del Alexis, de ese consistente papel marrón y tintas negras, dedicada a “Qui êtes-vous, Polly Maggoo?” (1966), que iba de moderna a rabiar, y no sé por que otro lado se pudo ver también su película sobre Cassius Clay. Fue bastante más tarde cuando vi por esos mundos de Dios -creo que en Paris- una exposición suya de fotografía que me parece se llamaba “Contacts”, en la que fui tarareando una y otra vez interiormente eso de “Qui êtes-vous, Polly Maggoo?”.
En la sala de exposiciones de La Pedrera le dedican una retrospectiva. Si ya parecen clandestinas sus exposiciones, porque no se ven anunciadas por ningún sitio de la fachada (supongo que para no despistar al visitante más rentable), hay que ver la sensación que es entrar ahora (y hasta el 30 de septiembre) a ver una en el edificio de Gaudí, que está de un desconocido, con todo esto del coronavirus, increíble. Para empezar, han dejado de reservar sitio en la calle para los autobuses de turistas, porque no hay. La tienda y la sala donde se venden las entradas esas carísimas que hace seis meses parecía que las regalasen están abiertas, sus empleados dispuestos a atender a quien les solicite su trabajo, pero desiertas de clientes. Y así.
Ya en la exposición, me entero de varias cosas. La primera, que, nacido en 1928, William Klein debe ser ahora un anciano de unos 92 años. La segunda, que, además de sus etapas “modernas”, que son las que pasé directamente a conocer, y las de modelos femeninas -muy sofisticadas- con las que se acaban las fotos de la muestra, Klein empezó pintando unos cuadros llenos de geometrías coloreadas, luego estilizándose se acercó bastante a Mondrian y, sobre todo -y esa es la parte que más me gusta suya- se dedicó a hacer fotos de mogollón de gente en Nueva York, Paris, Moscú, Roma o Tokio.
En estas fotografías retrata a la multitud, pero suele ser una multitud en la que lo más importante es su dinamismo =hasta el punto de, según como, sacar borrosas por movidas sus figuras-, sin importarle dejar fuera de cuadro sus pies. Cuando destaca algún rostro lo hace acentuando sus muecas, hasta parecer una poco piadosa caricatura. Y, casi siempre, un personaje entre la multitud resulta que mira, él sí serio, no deformado, a cámara.
Para contradecirme y dejar claro que no debe hacérseme mucho caso, la foto que más me ha gustado es esa de Roma, en la que destaca, por la noche, el neón de ese Bar Tabacchi, y en su interior se ve nítidamente a su uniformado camarero tras el mostrador.



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