sábado, 3 de julio de 2021

“La tempestad” de Peter Brook

El público, en pie, recibe con calor a Peter Brook.

¿Quién iba a pensar que Peter Brook iba a dar, antes de la representación en el Teatre Lliure de su obra “La tempestad”, toda una auténtica clase maestra sobre la resonancia de las palabras en Shakespeare?
La ovación con la que le ha recibido y despedido el público, atento a la menor de sus ironías, ha sido una de aquellas que solo se ofrecen a determinados creadores, de esos que ya han entrado por sus propios méritos en la categoría de mitos. También debería pesar, qué duda cabe, la idea de que, alcanzados los 96 años, todos ellos a cuestas, muy débil físicamente hasta precisar una silla de ruedas, será difícil volverlo a ver en una situación similar.
Pero toda la debilidad que denotaba su físico se trocaba en fortaleza de pensamiento. Yendo a la esencia esa que dice siempre buscar al plantear sus obras, se puso a hablar de la característica fundamental de ciertas palabras utilizadas por Shakespeare en sus obras: una resonancia que nos conmueve en lo más profundo.
El papel fundamental de un actor, sentenció, es olvidarse de vanagloriar a su ego, y centrarse en hacer resonar esas palabras para conmover a los espectadores.
Anoté unas cuantas de las frases que entresacó de diversas obras de Shakespeare:
-Hay un mundo en otro lugar. En esta frase la palabra que resuena, precisó, es “elsewhere”, una palabra que tiene misterio, hacia el exterior y el interior.
-¿El hombre es sólo esto? -otra frase reflexión soltada por un personaje, algo desengañada.
-¿Qué lee usted, señor? -Palabras, palabras, palabras. (Así, tres veces).
-¿Qué es un nombre?
-Una rosa, aunque tuviera otro nombre, seguiría teniendo el mismo perfume. Tal es la resonancia de esa palabra.
Es curioso que Brook, como luego toda la obra, hablaba en francés. Al principio de su intervención ha explicado que aprendió francés porque de niño le dijeron que era la lengua franca, que todo el mundo la hablaba, que era la utilizada por la diplomacia. Ahora veo -continuó- que tiene la misma importancia que el catalán. Explicó también que en su vida había venido muchas veces a Barcelona y que desde la ciudad había partido para recorrer una y otra vez la Costa Brava. Que con su mujer llegó a tener una habitación en alquiler en Tamariu. Todo para a continuación decir que pese a ello no había aprendido nada de catalán y que, por lo tanto, su español ya olvidado, hablaría en francés.
Pues bien: pese a esto, aún hablando de y preguntando cuáles eran sus traducciones, recalcaba las palabras que quería destacar, sobre todo, en su inglés original. Es el caso de una “need”, llegada en Shakespearede de lo más profundo.
-Apaga la luz y luego apaga la luz -dice Otelo, con esta repetición, al saber infiel a su mujer. Al apagar la vela sabe que con la oscuridad ya puede apagar la otra luz, la vida de ella.
-La terrible constatación del Rey Lear al saber a su hija Cordelia muerta, cuando querría, como nos ha pasado a todos cuando ha fallecido un ser querido, tener aunque fuera un minuto adicional para decirle todo lo que no hemos llegado nunca a decirle: “Never, never, never, never, never more”, se dice.
-“El resto es silencio” era la última frase, y nos ha hecho a todos, por gestos, atender un momento a ese silencio, que se ha extendido por la sala para luego estallar en un largo aplauso.
Más tarde, en la obra, mal espectador de teatro que soy, me ha sido imposible captar cuáles eran esas palabras que resonaban en ella, siendo por tanto la esencia a llevarme a casa tras la visión.
Quizás fuera esa de “Estamos hechos de los materiales en que se hacen los sueños”.

Acompañado de sus actores, durante su presentación, convertida en clase maestra. La actriz que tenía a su derecha le servía de traductora.
 

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