La ventaja de ir a ver una exposición de la que te han hablado mal es que, si vas, acudes sin grandes esperanzas y puede pasar que, iniciando displicentemente el recorrido, empieces a verle sus facetas de interés, saliendo finalmente contento de la experiencia.
Algo así me ha pasado con la de Paul Klee en la Fundación Miró. Me habían dicho o había leído que no habían viajado sus cuadros más reconocibles, que no habían atinado demasiado en la colocación de sus cuadros, etc.
Es posible que haya bastante de eso, a lo que añadiría que las piezas adicionales -no de su autoría- a la exposición pueden despistar un poco, y eso tanto para las que hablan del contexto por el que teóricamente se mueve el tema de la misma (los secretos de la naturaleza, que figuran en el título) como por algún cuadro de otro pintor, como ese de una pintora del movimiento Der Blaue Reiter, Gabriele Münter, con el que te topas de pronto rompiendo toda la progresión en la obra de Klee que intentabas seguir. ¿Klee pintó como Kandisnsky en algún momento de su vida? -te preguntas, extrañado, al verlo- y es entonces cuando ves la cartela que explica la intención de esos injertos.
Pero, con estas salvedades, como diría un amigo mío, Klee no deja de ser Klee, y descubrir sus dibujos juveniles, que denotaban su maestría en su trazo, así como ver la forma en que se iba decantando hacia sus temas básicos, pues está muy bien.
Eso y que unos cuantos de los cuadros que se pueden ver a mi me han parecido -es verdad que en medio de otros más dudosos- de los buenos.
Una última cosa: Lamento no aportar los títulos de los cuadros que he fotografiado, que especialmente en los más elaborados, tienen su miga y son, cuando menos, muy divertidos (tipo “El sonido de la flora meridional” y uno con algo de árboles y números), pero mi retentiva -y sobre todo en alemán, es muy limitada.
Está planificada hasta el 12 de febrero.













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