He buscado con ahínco una espléndida fotografía de Marc Riboud, de 1953, representando una barcaza, en un tramo urbano del río, exhibiendo toda la colada extendida al viento, porque quería ofrecérsela a mis lavanderas preferidas. Era la forma de empezar colgando por aquí alguna fotografía del catálogo de la exposición “París, Magnum”, editado por aquí por La Fábrica. Pero no la he encontrado, y como está colocada ocupando una enorme doble página, no me cabe en el scanner.
Puestos así, he pasado unas pocas páginas, y me he dado con esta fotografía, en absoluto tan centelleante, de Henry Cartier-Bresson, (“El muelle Saint-Bernard, cerca de la estación de Austerlitz”, 1932). No llama tanto la atención, no, si bien esos dos caballeretes con sus abrigos y sombreros oscuros en un día gris, observando, ociosos, las vías del tren, tienen su qué. ¿Sería un domingo? ¿No tendrían trabajo? ¿Estarán jubilados?
Por un motivo nimio, como la coincidencia de la curiosidad al descubrir unas vías que se hunden en un túnel, y queda claro que en absoluto por ningún asomo de frescura artística, de descubrimiento del instante decisivo, la foto me ha llevado a esta otra que saqué hace unas semanas, en Montjuic, cuando visualicé un espacio, ya antiguo, que sólo conocía por las lecturas de periódicos. Es el ramal de tren que llega al puerto.


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