martes, 3 de julio de 2018

Galería de los Maestros Antiguos de Dresde

¿Por qué vengo diciendo desde hace un par de semanas, cuando la vi, que la Galería de los Maestros Antiguos (Gemäldegalerie Alte Meister) es un museo extraordinario? Pues porque en general -al menos a mí me pasa-, cuando visitas un museo no dedicado monográficamente a un pintor, siempre hay alguna sala por la que pasas rápido, porque su tipo de cuadros no te interesan. Bien: en este grande y variado Museo del Zwinger de Dresde, con obras que van del siglo XVI al XVIII, eso no ocurre. Un impresionante nivel medio hace que todas sus salas de pintura sean muy interesantes, ofreciendo obras maestras.
Durante unos días iré colgando por aquí los cuadros que fotografié porque me llamaron la atención y las condiciones de iluminación lo permitían mínimamente. Si luego tuviese tiempo ya pondría en los comentarios de cada pieza una versión de la misma obtenida de la red, sin las imperfecciones de fotos sacadas únicamente para llevarse un mínimo recuerdo.
Pero hoy quiero poner por aquí los escaneos que he hecho de unas cuantas de las postales que, compradas en la tienda del museo, nos llevamos a casa.


Lamentablemente,ésta obra de Vermeer, de 1659, no estaba en exhibición. "En restauración", nos dijeron cuando preguntamos por ella.

Poco se puede añadir a este extraordinario "retrato de hombre con perla en el sombrero" de Rembrandt, de 1662.

Un jovial retrato de Durero, de 1521. Quizás sus manos, para mí, no tengan su mejor colocación en el cuadro, pero eso son sólo detalles minúsculos.

Uno de los retratos canónicos de Lutero, obra de Lucas Cranach el Viejo, de 1532.

Y si tenemos en la cabeza alguna imagen de la torre de babel, una, sin duda, es ésta de Maerten van Valckenborch, de 1595.

Por último, aunque a mi no me acabe de convencer del todo, la que sin duda es la pieza más popular del museo, que tiene un sitio preeminente en él y siempre está siendo retratado por los turistas. De Rafael, 1512/1513. parte de su ya entonces ganada popularidad se debió acrecentar, digo yo, cuando Haring retomó a sus angelitos para una de sus cosas.
 

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