Al acudir al Visa pour l’image de Perpignan vas pasando revista a las desgracias que han tenido lugar durante el año transcurrido desde el certamen anterior, para adivinar a qué nos acercarán sus exposiciones.
Este año la cosecha de desgracias ha sido importante. La primera y gorda que se te viene a la mente ha sido la de la pandemia del Covid-19. Pero se han dado unas cuantas más de esas que han tenido amplio eco en los medios de comunicación, como migraciones y grandes éxodos de refugiados, abusos de la policía norteamericana para con la población de color o represiones contra manifestaciones en, por ejemplo, Hong Kong.
De todas ellas han sacado imágenes los fotógrafos presentes este año en el certamen, al tiempo que otros se han dedicado a documentar temas como las difíciles condiciones de vida en determinas áreas del planeta o los destrozos ecológicos ocasionados por la actividad humana. Aún así, no ha sido esta edición simplificada (debido, cómo no, al Covid-19) el de las de imágenes más cruentas. Un poso de belleza y dignidad se desprendía aún de los reflejos fotográficos de los temas más dolorosos.
En los próximos días iré haciendo entradas sobre alguna de las exposiciones, concentradas este año únicamente en el Convento de las Mínimas, la Caserna Gallieni y el Convento de los Dominicos. La reducción no es dolorosa: no sé si debido a ella la afluencia de visitantes ha sido -por lo menos hoy- muy inferior a lo habitual, con lo que se puede ver todo con mayor tranquilidad, y no se alcanza la fatiga que sobreviene habitualmente si se quiere recorrer en un solo día todas las exposiciones.
En las imágenes, el cartel oficial del festival y unos policías viendo una exposición sobre la marginación de las mujeres en las cárceles francesas (tras habérselos podido ver, precisamente, mirando una exposición sobre la violencia policial en Norteamérica).


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