Bajas la rampa de la entrada de la Tecla Sala, en L’Hospitalet, pasas entre los dos edificios -el restaurado y el que sigue hecho unos zorros- que constituían el antiguo complejo fabril y llegas a un patio. Abierto por su extremo derecho, ahí sirve de informal aparcamiento. En su parte central, con alguna escultura, un grupo de adolescentes traman cuál será su futuro enfrentamiento al mundo, mientras un señor va lanzando una y otra vez una bola para que la alcance su perro, que ya no está para esos trotes y se toma en cada ocasión su tiempo. Por la izquierda casi se cierra, pero sigue la fachada posterior de la fábrica. Justo ahí, donde parece cerrarse, está la sala Aranaz-Bravo, de su Fundación, con exposiciones temporales y una rmuestra de su obra, de todas las épocas.
Fui, como comenté, con un amigo interesado en las cosas éstas artísticas y salió admirado de encontrarse ahí un Centro de estas características. Crees, realmente, haber viajado a otras latitudes.










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