Aunque no es la demencial concentración que suele haber ante la Casa Batlló, ante la Pedrera también pululan unos cuantos turistas despistados, sin saber por dónde ir, haciéndose fotos.
Sorteados hábilmente, el visitante local avezado debe convencer a un vigilante de que le franquee el paso y, ya superado el control de seguridad, escaleras y taquilla (te cobran sus buenos 12 euros ya por la entrada, descontándote 2 si eres viejo), puede encontrarse (hasta el 14 de enero) con una magnífica retrospectiva de Antonio López, con obras suyas desde sus inicios hasta la actualidad.
Como me han comentado, dada la completa ausencia de turistas extranjeros, habrá que suponer que no deben reconocer a Antonio López como un artista de primera línea, cosa que, sin embargo, viendo la exposición, queda más que demostrado.
Carmencita jugando (en el terrado de la casa de Tomelloso).
El primer busto, no relieve, al que se enfrentó Antonio López.
Ésta la capté ya al final, regresando a ver las primeras obras. En el recorrido que hicimos inicialmente ya no pudimos ver el cuadro, porque un nutritivo grupo de visitantes estaba ahí, oyendo atentamente (o sea, escuchando) a una chica que hablaba algo así como de la importancia de las neveras en nuestras vidas, y cosas así.
El impresionante detalle, es decir, la paciencia infinita de Antonio López en su relieve.
Por unos agujeros efectuados en la pared se podían husmear éstas figuras en sus tareas en un comedor familiar. Divertida la imagen que no llegue a captar de un par de visitantes introduciendo por ellos la cabeza, para curiosear al detalle.
La impresionante “Perro muerto” que, visto ahora, recuerda a unos cuantos Barceló.
Vista minuciosa estival desde una torre. Conviene leer el texto que puede verse por ahí sobre cuándo dar un cuadro por acabado.
Obra en curso. Vista desde el MNAC.
Un audiovisual de 30 minutos puede verse (escucharse menos, por los ruidos de los que están en la vecina entrada comprando el boleto o a 35 euros el catálogo) al final del recorrido. En él Antonio López explica sus prácticas y obsesiones y acompaña a Artur Ramón por la propia exposición en montaje.












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