Franqueada la entrada de la calle (con unos securatas que tanto para entrar como para salir te miran como a un bicho raro, y te dirigen como si fueras un animal peligroso por caminos entre campos de minas: ridículo), unas chicas muy amables de la Fundación te reciben ya arriba. Esta foto preside la primera sala.
Hay momentos en que te sitúas delante de la entrada de La Pedrera y absolutamente nada te indica que ahí puedes ver una exposición como la actual, "Joan Ponç. Diabolo" (hasta el 4 de febrero). Sólo un artilugio metálico portátil del tamaño de una persona ahí afuera colocado avisa, en una de sus tres mini pantallas, de forma alternativa, del evento. No se me ocurre otra cosa que pensar que prefieren que la gente que pase por ahí visite las golfas y azotea de Gaudí, pagando un precio mucho más elevado del que han de pagar para la entrada al piso principal donde ver la exposición.
Así pues, tenemos en La Pedrera una exposición casi clandestina de Ponç, sin reclamos exteriores. Curioso. Es como si en la Tate Britain o en el Pompidou hubieran decidido no poner ningún cartel exterior anunciando su retrospectiva de David Hockney, o si en el Grand Palais voluntariamente dejaran que la gente atraída por la exposición Gauguin tuviera que investigar a qué sitio en concreto dirigirse.
Dicho esto, es una exposición extensa, que te aclara muchas cosas sobre el personaje. El que varias de las cosas que se empeñó en hacer en algún periodo de su vida no tengan en mi opinión la fuerza de sus trabajos de los primeros años (periodo de formación al margen) y que también opine que se acercan peligrosamente a obras de galerías de segundo orden, siendo propias de pintor mediocre con ganas d'épater, no quita que ésta sea una de las citas artísticas actuales en Barcelona a no olvidar.
Para no salir con mala impresión, en la última sala se suceden unos cuantos cuadros que son, para mí, de dudoso gusto. Pero, en una mesa central de la misma sala pueden verse y admirarse las pequeñas tablas de madera de sus póstumas "Capses secretes", en las que, aunque vuelva a sus monstruos iniciales, lo haga con un espíritu similar al que en su momento los originó. O así me lo ha parecido.
De su primera obra ya totalmente personal.
"La mosca". ¿Qué tipo de delirium tremens debía perturbar sus sueños?
ç
Una oreja de una de sus etapas finales, en que debió intentar otras cosas. Sin ningún acierto, para mi gusto.
La sala final. En la mesa central, las pequeñas tablas de las "Cajas secretas".
Detalle de una de las tablas de las "Capses secretes".








No hay comentarios:
Publicar un comentario